viernes, 30 de julio de 2010

Mexicanos, ¿hasta dónde?


En los últimos meses hemos visto un inmenso movimiento por parte del gobierno, empresas y diversas organizaciones no gubernamentales; todo para unirse en un objetivo clave de este año: la celebración de la independencia y la revolución (200 y 100 años, respectivamente).

De igual forma parece que han aumentado las festividades en cualquier localidad y todo parece ser en grande: en Tijuana cerraron calles principales, apostándole la jugada al caos y tratando de ganarle. Todo porque la señorita cumple 120 años, y es menester festejarle en grande. Y la gente LO APOYA.

Pero con todos estos preparativos y entusiasmo por la ciudadanía, me pregunto: ¿hasta dónde son mexicanos?

Porque una persona con intenso patriotismo no se mide por qué tan alto da “el grito”, o qué tantos huevos con confeti y harina revienta en las cabezas de los demás. NO. El nivel de patriotismo se mide por cómo nos comportamos durante el año con nuestro querido México.

¿Dónde están los mexicanos cuando se necesita limpiar la ciudad? ¿Dónde están los mexicanos cuando se necesita seguridad? ¿Dónde están los mexicanos cuando se necesita justicia? ¿Dónde están los mexicanos cuando se necesitan valores? Difícil de responder. Pero ¿Dónde están los mexicanos cuando hay fiesta? En ningún otro lugar más que en la misma fiesta.

¿Por qué?

¿Por qué vamos a las calles con ese hipócrita sentimiento de ser mexicanos?

¿Por qué sólo nos ponemos la camiseta cuando la nación necesita apoyo en la cancha y no cuando lo necesita en su tierra?

Y les apuesto a que después de la parranda, cuando la basura se apodere de las calles después de las tan esperadas fechas, seguirán siendo mexicanos unos cuantos, mientras que el resto dirá que ya no es tan mexicano como para limpiar lo que ha disfrutado.

Si empieza una nueva generación este año, que sea de verdaderos mexicanos comprometidos no sólo el 15 y 16 de septiembre, sino los 363 días restantes (364 cuando es bisiesto).

Que sea una generación de mexicanos que se ponen la camiseta dentro y fuera del estadio. Que sea una generación de mexicanos dispuesta a crecer junto con la tierra donde viven. Y que cuando pregunten ¿dónde están los mexicanos? Podamos sentirnos orgullosos de contestar ¡ayudando a su país!

viernes, 9 de julio de 2010

Le decían ‘El Huracán’

Alex, el fuerte Alex. Llegó, Norteño, azotando la ciudad. Ahogando a la gente en su furia, destrozando las casas al pasar. Era el más temido en los caminos.

Pero no le digan Alejandro porque se enoja, es Alex, de cariño. Nos engaña con su nombre, haciéndose pasar por buen amigo. Alex, como si fuera el compadre de toda la vida, pero tras su muerte te das cuenta de que te dejó cada una de sus deudas.

Nos dio muchas angustias: a nosotros nos quitó diversión y los últimos días de clases de verano, un par de días nos dejó encerrados sin comer. Otros no tuvieron tanta suerte, Alex les arrebató el hogar, sus pertenencias, a algunos hasta la vida. Pobres.

Hasta a los narcos les quitó las balas, Alex era uno de los pesados, más que el legendario Tío Gilberto, que hizo de las suyas a mediados de los 80’s.

Pero un día, Alex se cansó. Dejó las calles y las casas. Dejó los cielos y los ríos. Alex no volvió, no paró las riñas del crimen el fin de semana después de su llegada.

Y volvió el terror.

Pues al menos con las lluvias no nos balacean. Ni viviendo lejos de un río nos salvamos. Al hombre nada le importa, todo es su territorio. No tiene cauce, no tiene montañas que lo frenen, no tiene arbustos en su camino que lo detengan. A Alex se lo llevó el viento. A nosotros nos llevó Alex. ¿Quién se llevará a los malos, si no fue el buen Alex?

martes, 6 de julio de 2010

Reflexión de medio vuelo

Son las 10:50 de la mañana del día 6 de Julio de 2010. Estaba simplemente escuchando música, pensando en qué pensar hasta que vi a un individuo sentado un asiento contra-esquina de donde yo estaba. Él hojeaba y subrayaba algo que estaba oculto tras una blanca carpeta de tres argollas. Mi curiosidad me hizo agudizar un poco la vista hasta que me di cuenta de que las hojas eran en realidad planos.

Inmenso fue el regocijo de saber que había alguien en el avión que tenía trabajo. Tal vez sea un poco obvio que alguien sobre un avión tenga trabajo, pero cuando algo es tan evidente es mayor la felicidad.

Después de pensar en eso una serie de eventos se conectaron en mi cerebro hasta llegar al recuerdo de una frase que escuché el día de ayer: “a los mexicanos no nos toman en serio para trabajar (en el extranjero), pero a la hora de la fiesta siempre seremos los más seguidos”. Eso acompañado con la explicación-ejemplo de que una amiga (de la amiga que dijo eso) estaba en Francia buscando trabajo pero que jamás podría aspirar a un puesto de alto mando en ese país.

Para mí, ese momento… esas palabras fueron como un balde de agua fría que me despertó en una realidad laboral de la cual yo no tenía conciencia. Pero después de unos cuantos segundos de reflexionar lo que me acababan de decir una ecuación brotó en mi cabeza (gracias, Alex, por no dejar morir a la inge que llevo dentro) y apareció lo siguiente:

Mexicano = Fiesta10 + Europeos – Puesto alto

Despejamos:

Mexicano + Puesto alto = Fiesta10 + Europeos

Conclusión: Siendo mexicano, el mejor negocio que se puede emprender para tener una utilidad máxima en el extranjero es UN ANTRO.

Ó…

Mexicano = Fiesta10 + Europeos – Puesto alto

Despejamos:

- Fiesta10 = - Mexicano + Puesto alto + Europeos

Conclusión: Pensar en cambiar de nacionalidad (o la mentalidad cliché de la identidad mexicana que nos regaló Samuel Ramos).

sábado, 3 de julio de 2010

En la guerra Intelectual y el limbo

La Guerra. Esa palabra a la que tanto tememos, pero más tememos su acción, que sea un hecho. Actualmente, México está viviendo su etapa de guerras que deja a todos más inconformes que el día anterior: mueren inocentes, mueren los intelectuales, mueren los políticos por intentar hacer política, y el presidente ha declarado una guerra cuyas batallas ha perdido una tras otra.

En una de esas batallas que se mencionan está la del 19 de marzo del 2010, día (o madrugada) en que murieron dos jóvenes en fuego cruzado entre las armas de los criminales y las lanzas del ejército; que hizo temblar a la comunidad de estudiantes de todo el país. Por toda la nación surgieron grupos de jóvenes intelectuales que fueron apoyados por sus maestros. Convocaron marchas y varias muestras de inconformidad ante las medidas que se estaban tomando para acabar con un problema que si antes no les afectaba directamente ahora lo estaba haciendo. Sin embargo, después de escasos cuatro meses, esos movimientos fueron perdiendo la inercia. ¿Por qué? Las respuestas son simples, y son dos:

Primero, los movimientos no tenían bases sólidas y trascendentes, no queriendo decir con ello que la muerte de los jóvenes no era un tema de gran importancia, al contrario; pero simplemente no era la suficiente leña para mantener el tren andando. Debieron comenzar con algo más general, más versátil.

Segunda, el presidente Felipe Calderón Hinojosa, mismo que declaró la guerra contra el narcotráfico, sólo tenía cabeza para decir que era una guerra de todos. Una guerra que terminó ahogando a todos los mexicanos, a excepción de aquellos que permanecían sentados en la cumbre del poder.

Las guerras que han surgido al menos en los últimos veinte años, tienen la peculiar característica de ser ilegítimas ante el pueblo, y es que los mandatarios de las naciones están jugando a las cruzadas sin mancharse las manos. Buscan esa Tierra Santa dentro de sus países, pero no se dan cuenta de que el Santo Grial del bienestar está justo debajo de su trono, así es, debajo de su trono, sólo que la comodidad del poder no les permite ponerse de pie y bajar la cabeza. El egocentrismo de las autoridades que acosa no sólo al no-político mexicano sino también a todas las cabezas del mundo, no les permite ver sus acciones desde el espejo, siendo los principales promotores de la democracia los más viles y fascistas; lo son por el simple hecho de considerarse ellos mismos la máxima figura de lo que sea que estén intentando implementar.

El intelecto y la acción no pueden estar separados, deben ser como el cuerpo y el alma. Ya que aquellos que no están instruidos bajo los conceptos por los que luchan son como zombies, hipócritas que sólo quieren comer del cerebro de los demás para vanagloriarse con la luz de los ilustrados.

Por otro lado, tampoco puede haber intelectuales que no tomen acciones. No por ello serán guerrilleros, como lo dijo Jean-Paul Sartre, al contrario, dejarán de ser fantasmas, sus enseñanzas dejarán de ser el principio de ese teléfono descompuesto que termina en los actos que acaban descomponiendo la esencia de la lucha y con ello debilitándola hasta acabar con ella.

Debe ser como las primeras guerras que se sostenían en la faz de la Tierra, donde los reyes y consejeros peleaban al frente y guiaban a su patria. Así, conquistaban con dignidad, y si perdían lo hacían con el menor dolor.

Quizá suene un poco ilógico pensar que el presidente de México pelee junto al ejército, pero más absurdo es ver cómo se desata la masacre ante nuestros ojos mientras él lo ve todo con lentes de color de rosa, incluso en las estradas del estadio en algún país lejano al suyo.

Lo que él hizo fue una reacción, no una acción. No tenía conciencia. Se saltó de la comparación al hecho, imposibilitando con ello la reflexión y así todos los pasos que surgen a partir de ella. Fue el zombie que se mencionó unas líneas arriba, pero sin luz, sin respaldo. También fue el intelectual que no tomó las armas, que no moriría por sus palabras o sus pensamientos. Felipe Calderón yace en el limbo entre las dos partes, no es de aquí ni de allá, no tiene los pies en la tierra y mucho menos en su tierra… nuestro moribundo México.